lunes, 31 de agosto de 2026

Los Escorpiones (2024) - Sara Barquinero

Vuelvo a la tarea. He dejado la sacristía por unos meses, o años, ¡qué desastre!

 

Llevo ya cierto tiempo dedicado a tareas más digitales, -para más detalles, a un extenso trabajo de documentación personal que me lleva a leer un montón de revistas en una tablet-.

 

Por otro lado, tengo un contacto continuo con los libros en papel, y pasan muchos por mis manos, pero normalmente se me escurren entre los dedos.

 

Allá por Abril del 2024 un ejemplar de “Los Escorpiones” se me cruzó en mi camino. Ya venía con ciertas etiquetas en la prensa; con muy buenas críticas. ¿Pero acaso se llega a editar el libro que “no he conseguido terminarlo ni estando de Rodríguez” “es un puto coñazo” “la primera parte le salió bien, pero la quinta da vergüenza ajena”?

 

“Los Escorpiones” rezuma misterio y dolor. 800 páginas. Letra pequeña. Una sinopsis en la contraportada que no dice gran cosa, la verdad. Podría ser (haber sido) un tostón del montón. La cosa mejora si nos fijamos en que el autor es autora y parece joven e inocente, como aquella película de Hitchcock.

 


 

 

Sara Barquinero, la autora, se la ha ido metiendo doblada a unos cuantos elementos de la cadena de montaje editorial, y más felizmente todavía, a un buen puñado de lectoras y lectores.

 

 


 

Todavía estoy por conocer a alguien que me diga a la cara sobre “Los Escorpiones”. Que “es un libro fácil”, “no podía dormir”, “te la recomiendo”, “me la he leído del tirón”, “dame algo ameno”.

 

Más bien que “qué rara es”, “no entiendo nada”, “la dejé porque bla bla bla”… y señoras y señores, hoy en día se puede mentir por muchas razones, pero decir que te has leído (y te ha gustado) una novela de 800 páginas solo para que piensen que te has encerrado varios días en casa con ese tocho de papel… está completamente demodé. ¿Para qué molestarse?

 

Mi intención con este escrito es esquinar, marginar, llevar este trabajo a la oscuridad, o más bien, sacarlo de la luz que le rodea actualmente. Ya han pasado un par de años, de todas maneras, desde aquel cruce. Que, por cierto, tuve que dejar pasar; porque bien a gusto me encerraría en casa para leer una buena novela de 800 páginas, un par de semanas si hace falta, cus cus y cerveza, por favor, pero he tenido que esperar un par de años, y además, ha sido una encerrona parcial, y el final de la lectura ha sido, cuando menos, fragmentado. ¡Pero así es la vida!

 

Hacer un resumen del argumento sería un peñazo. Que si tal, que si cual. Pasan cosas. Aquí y allí. Antes y después. Como en todos los sitios. Lo que hace Ms. Barquinero es filtrar. Su labor, ingente y grandiosa, al más puro estilo victoriano, ha sido la de un lento proceso de decantamiento. Años de paciencia, de sedimentación.

 

¡Ah claro! Cualquier escritorzuelo dirá lo mismo. O cualquier artista. Cualquier uva espera paciente a ser recogida; pero a nadie le gusta el vino peleón, en principio.

 

Yo mismo tengo ciertas ínfulas de crítico literario. Ya llevo una página escrita, y todavía no he dicho nada realmente útil para quien va buscando consejos literarios.

 

Simplemente trato de decir: Sara ha urdido una novela-pócima, un líquido denso, oleoso y amargo y como dulce a la vez. Ha fabricado un nuevo instrumento musical que yo denominaría “Ondes Sare” (con ese toque francés que lo eleva todo); una especie de Theremin distorsionado, un baile de letras nocturno y vivaracho.

 

La música en “Los Escorpiones” es fundamental. Se podría decir que lo es todo. Me dan igual las amistades, los suicidios, los chats, las drogas, las fiestas, el alzamiento italiano, el innegable atractivo de Michaela. Podría matar por conseguir una de esas casetes para aprender italiano. O esos mp3 descargados de cierta página de Internet. La música también se puede expresar con palabras. Sara ha escrito pequeñas sinfonías invisibles, inexistentes. Y siguen resonando en mi cabeza. Una especie de música electrónica repetitiva, machacona, pero no de baile. Esto no es una rave; esto es un viaje introspectivo. No es rollo “Sirat”; es otra cosa. Como más electroacústico, siguiendo la tradición local de este país. Suena a disco rayado por momentos, y es aquí donde la gente seguramente se raya también. No puedes crear un personaje al borde del suicidio solo porque ha tenido una mala noche o le ha sentado de culo la copa (o la raya). Si quieres verosimilitud, la tienes que crear.

 

Aparte de la atmósfera musical que envuelve la novela, hay como otros dos halos que recorren la historia que por un lado me agradan y por otro me sorprenden. Uno es como de cierta necrofilia. Todo son historias de muerte, de tiempos pasados; de aspiraciones a un mundo mejor. Se añade un extrañamiento, sobre todo en esa fase rural de Thomas, -uno de los protagonistas-, que bien podría surgir de De la Mare, Blackwood, M.R. James, o del mismísimo Machen. Teniendo en cuenta que todos aquellos escritores británicos están muertos hace tiempo, y que de repente, viene Sara y nos deleita con un misterioso pasaje de ensoñaciones, exorcismos musicales, tipos rurales con tintes Arkhamnianos, las únicas esperanzas puestas en la chica que sirve cervezas… Podría seguir, pero mi resumen es el siguiente: Sara captura y digamos que hace suyo ese estilo de narración anglosajón. Esa receta que nunca jamás ha salido bien por estos lares. Esa mezcla de aventura, diario, confesión, descripción. Sin sacar conclusiones morales. No soy mucho de literatura castellana, pero dicen que Juan Benet era un buen escritor, y lo corroboro. Sara es un poco de la escuela Benetiana. Allá con las consecuencias, al menos es coherente. Y además está viva. Y no es anglosajona. Casus rarissimus.

 

Son 800 páginas. Habría mucha más tela que cortar todavía. Más tramas y subtramas. Hay muchísimas referencias culturales que están perfectamente incrustadas en la novela. Si se leyera ésta en el año 2050, se disfrutaría con esa sensación de déjà-vu; con esa clase de nostalgia que los británicos saben tan bien regurgitar una y otra vez. Estoy hojeando ahora el libro, unos veinte días después de terminarlo, y pienso que ha valido la pena. Mucho.

 

Mas debo separarme ya de esta lectura. Tengo por ahí un tema musical que se titula “Ondes Sare”, un pequeño homenaje. A fin de cuentas, yo soy Escorpio.

 

Me he tirado a la piscina con ciertas asociaciones de ideas. Algunas pueden estar totalmente alejadas de la realidad o propósito literario de esta obra. No importa. Se trata de dejar aquí una serie de impresiones.

 


 

Muchas gracias Sara. Voy a ser yo quien te recomiende una novela si es que no la has leído ya: “Dhalgren” de Samuel R. Delany. Una de las cúspides de la ciencia ficción setentera, con una estructura formal muy parecida a “Los Escorpiones”.

 

martes, 26 de marzo de 2024

The Gradual (2016) - Christopher Priest

 A continuación, mi pequeño homenaje a Christopher Priest, que hace bien poco falleció.

 

Lo primero, agradecer esta entrada de la Enciclopedia de Ciencia Ficción, que aclara muy bien cuáles son las novelas que corresponden al particular mundo del “archipiélago del sueño”, el muy priestiano “the Dream Archipelago”:

https://sf-encyclopedia.com/entry/priest_christopher

Son cinco novelas y una colección de relatos. De las novelas he leído dos, “The Affirmation” (1981) y ahora “The Gradual”. 

 

Esta es mi edición. The Guardian edition...

 

 

Esta es la Sunday Times edition...
 

Curiosamente hace ya bastantes años leí “Un Verano Infinito”, concretamente en el año 2011. Me gustó. Tengo un buen recuerdo. Un tono romántico, en aquel verano, aquel romance, que se repetía una y otra vez. 

 

Gracias, Minotauro. Hace muchos años que tengo esta edición.

 

 

El viaje en el tiempo parece haber interesado a Priest desde siempre. Su carrera como escritor de ciencia ficción es intachable.  

 

Ahora, no voy a mentir. “The Gradual” se me ha hecho un poco cuesta arriba. Tiene los elementos para ser una novela muy atractiva. El personaje principal es compositor de música. Hay viajes en el tiempo. Hay muchos lugares nuevos por conocer. Cierta tensión en el argumento…

… que creo que no se transmite al lector de una forma demasiado satisfactoria.

 

La simbología de la novela funciona bien, pero también hay que tener cierta perspectiva en la vida. A veces las cosas se complican de forma inesperada. En un viaje, en la propia familia, en el proceso creativo.

 

Tiene un final más o menos feliz, aunque prefiero no añadir más sobre éste.

 

Me gustó más “The Affirmation”, una novela mucho más agresiva, más distorsionante. Seguramente “The Gradual” supuso un esfuerzo muy grande para su autor, teniendo en mente una serie de auto limitaciones, queriendo recalcar unos aspectos más que otros, que quizá no necesariamente sean los más atractivos. No es un trabajo hecho para sorprender, figurar o llamar la atención.

 

“The Gradual” posee una disciplina de escritura pocas veces vista en mi caso. Se atiene a un plan muy concreto. ¿Qué quizá le sobren una serie de páginas? ¿Podría haber sido más corta? Yo creo que sí, pero Priest fue fiel a su plan. Una gradual (perdón por el juego fácil de palabras) explicación de lo que ocurre. Cierto alambicamiento a la hora de hacer entender al lector por dónde viaja el protagonista, qué le sucede, cómo puede ser. Pero el protagonista no lo sabe, por lo que nos vamos enterando poco a poco, aunque nos imaginamos lo que está ocurriendo.

A falta de una explicación que nos pille por sorpresa, una alteración repentina, una novedad que nos explique al protagonista y al lector qué ocurre en esos mares, en esas islas, éste, el lector hace, sin querer, por su cuenta, una serie de suposiciones. Que pudiendo ser más o menos ciertas, al menos avanza en su interior algo. Porque el protagonista está atrapado continuamente en una serie de ceremoniales que tienen que ver con el tiempo transcurrido.

Esto resta emoción e intensidad.

 

Ahora, como digo, añade verosimilitud. La vida no es una especie de aventura que se va desarrollando con emoción. Es una especie de repetición extraña. Y con el tiempo, conocemos, llegamos a conocer a personas que han padecido esas mismas repeticiones que antes nos parecían extrañas, ahora no tanto, y nos acostumbramos, nos resignamos.

 

Hacia el final de la novela convergen poco a poco, con bastante acierto, estas dos corrientes tan diferentes. Una podría relacionarse con la juventud y la audacia; la otra, con la madurez de la vida más adulta.

El protagonista va en busca de lo que realmente quiere. No se deja llevar por emociones que le impiden concentrarse. Al principio de la novela, alguien, no sabe quién, le copia, le fusila una composición musical. Es un tema recurrente a lo largo de la historia. Al final, nos enteramos de las circunstancias del plagio. Pero en realidad poco importan. El autor compositor protagonista digamos que va soltando lastre en cada uno de sus viajes por las islas del archipiélago. Hasta que sabe perfectamente cómo actuar. Le cuesta lo suyo. Al lector también.

 

 

Otra edición de la novela

 

Dicho esto, qué le vamos a decir a alguien que quiera atreverse con “The Gradual”. Pues que seguramente hay otras novelas de Priest que puedan ser más atractivas. Y si ya conoce las habilidades de Priest para construir estados mentales que pueden bascular entre lo peculiar y el extrañamiento, adelante.

 

Por si acaso, aquí un mapa de las islas.

 

 

 

Yo mismo espero volver a Chris en algún momento. Claro que sí.

 

Gracias. Thank you.

 

miércoles, 21 de febrero de 2024

The Penultimate Truth (1964) - Philip K. Dick

 Allá por Marzo del año pasado leí la que es hasta la fecha mi última novela de Philip K. Dick.

 

[Teniendo en cuenta que ha pasado casi un año, no debo tardar en volver a él. Además, en Febrero hemos entrado en el cincuenta aniversario de su 2-3-74, febrero-marzo-milnovecientossetentaycuatro, y del comienzo de la Exégesis. Por cierto, a tiempo traducida y editada por Minotauro. Aquí, mi ejemplar, en buena compañía]. 

 


 

En principio, cuarta de las seis novelas escritas por Dick en 1964 (que no quiere decir editadas en ese año).

 

Si ya “The Zap Gun” me pareció un disfrute total, (no muy bien considerada en general, ni por el mismo Dick), esta penúltima verdad adquiere momentos estelares.

 

Como siempre, un comienzo un poco opaco, pero no tanto.

 

Un tipo que debe redactar un discurso. Con la ayuda de repositorios de infinidad de discursos ya utilizados anteriormente. Un tipo que vive en una enorme casa de campo, aislado del mundo, que le dice a su mujer, como gran noticia, que ha visto una ardilla… Un tipo que pertenece a una casta de beneficiados por cierta situación, gracias a la cual viven a sus anchas en sus demesnes (dominios), rodeados de lujo… y de soledad.

 

Mientras, el resto de la humanidad, habita en el subsuelo, convencida de que en la superficie de la Tierra sigue desarrollándose una terrible guerra nuclear. Esta es la situación. Y esta población se traga con satisfacción los diferentes discursos que llegan a sus cubículos construidos bajo tierra. Discursos de triunfos, de derrotas, de esperanza, de todo lo que se suele escuchar a los políticos decir (y mentir) en temporadas de vacas flacas. [Téngase en cuenta que el autor de esta entrada considera que las vacas vienen estando flacas ya desde finales del año 2008… por lo que la similitud entre el mundo real actual y el que trata de describir Dick en esta novela es bastante potente].

 

La penúltima verdad siempre es penúltima, o antepenúltima. La tomadura de pelo es inaudita en la novela, y no deja de ser una gran sesión de terapia. Dick, el gran escritor que en el fondo se ha convertido en nuestro gran psicólogo, gratuito y paciente, dispuesto a escucharnos, para darnos siempre su versión de los hechos, cabal, simple y hasta divertida. Para eso están las terapias, para reírse de uno mismo, ¿no? O para compartir una sonrisa con nuestra pareja  [veáse “Clans of the Alphane Moon”].

 

Del subsuelo también surge la heroicidad, o al menos el personaje al que le toca, una vez más, afrontar la situación (aunque no le convenza demasiado). Sin embargo, de alguna manera, consigue salir a tierra firme. Y poco a poco se va enterando de cosas. Como que existe un supuesto constructor (de los de toda la vida) que comienza a crear nuevas urbanizaciones dirigidas a los seres humanos (y sus familias) que poco a poco, muy poco a poco, van dejando sus refugios.

Dick prepara una artimaña argumental genial en torno a este personaje constructor, uno de los más bienintencionados de su obra. Los mandamases tratan de anular a este hombre, llamado Louis Runcible. Pero les saldrá mal la jugada.

Por otro lado, el juego de intrigas varias para seguir en el poder de Joseph Adams y el resto de preparadores de discursos es de lo más entretenido. No faltan los clásicos personajes con poderes extrasensoriales; y ondas alfa, robots preparados para matar (leadies), psiquiatras en Berlín, y referencias a los verdaderos herederos de las tierras del Norte de América, los indios nativos. 

 

Este es mi ejemplar. La cubierta es directamente horrible. 
 

 

Entretenida, actual, inteligente, con un Dick plenamente en forma, con un músculo de escritor desarrollado y puesto al servicio de su imaginación.

 

No queda absolutamente otra que seguir leyendo (y seguir releyendo si se puede) las novelas del profeta.

 

Del blog Total Dick-Head se dice: (https://totaldickhead.blogspot.com/):

 

I think Dick was an activist writer. I think he wanted to change the world by showing you some worse case scenarios. Of course he wasn't afraid to laugh at potential annihilation, but that makes it palatable. The Penultimate Truth illustrates the way the giant red button makes slaves of all who cannot control when it is pushed.

 

De la magnífica página https://philipdick.com/mirror/websites/pkdweb/THE%20PENULTIMATE%20TRUTH.HTM

podemos sacar todo tipo de conclusiones, en cuanto a influencias, referencias y el propio Dick opinando sobre la novela. 

 

Aquí una serie de cubiertas. Muy recomendable esta penúltima verdad, que puede ser resumida como la "verdad". 

 









 

martes, 6 de febrero de 2024

Christopher Priest. In memoriam (1943-2024)

El pasado 2 de Febrero de este año 2024 fallecía Christopher Priest. 80 años.

Uno de esos escritores británicos, en la tradición de H.G. Wells o John Wyndham, muy fieles al género, pero también lo suficientemente inteligentes y buenos profesionales como para no dejarse llevar por los excesos en los que a veces conviene caer para ganarse una parte de la crítica o cierto afecto del lector. Su obra creo que es de las más interesantes de su generación.

Allá por Julio del año 2020 estaba leyendo una obra suya. "The Affirmation" (link aquí).  Era el 12 de Julio. 

El mismísimo 19 de Julio estuve mirando su página web, y finalmente, me atreví a ponerme en contacto con él. 

Ese mismo día me contestó. Con una sencillez apabullante. Firmado, Chris Priest. 

Ya le tenía mucho cariño a este escritor, y ahora, mucho más. Tres años y medio después de aquel pequeño intercambio de correos electrónicos, ha fallecido. 

Vaya en su homenaje esta sencilla entrada del blog.

Tenía pensado atacar una novela de Dick, pero me he decidido a leer "The Gradual", la que sería la penúltima novela dentro de su serie de novelas Dream Archipelago

 


 

Thank you, Chris

 

viernes, 2 de febrero de 2024

Interface (1971), Volteface (1972), Multiface (1975) – Mark Adlard


La trilogía que Mark Adlard situó en Tcity, vasto y automatizado complejo industrial del siglo XXII.

In the very North of England.

Escrita por un oscuro escritor inglés llamado Mark Adlard, que a día de hoy, todavía vive. Nació en Junio de 1932. Se retiró en 1976… después de haber trabajado como directivo en la industria del acero.

Leí los tres libros seguidos allá por el verano del año 2022… y tenía pendiente de escribir al menos unas pocas letras sobre Tcity.

Publicados por Orbit Books, a 75 p. de aquellos tiempos cada volumen, en 1977, comparten la cubierta, dibujada como en tres partes. 

 



 

La obra hoy en día se lee con cierto interés, y transmite al lector una fragancia de “cosiness” británica que resulta muy agradable. Quizá se podría decir que es una especie de lectura a lo John Wyndham, pero tamizada (rebajada en calidad), y añadiéndole los ingredientes propios de su época, que mayormente eran sexo, drogas y rock & roll. 

De esto último, de rock, poco hay; afortunadamente. Uno de los motivos más llamativos, sobre todo en la primera parte, “Interface”, que luego se sigue usando también en los dos siguientes volúmenes, es la mención bastante constante a la música que suena en todo el entramado de Tcity.

Digamos que toda la población, absolutamente toda, a excepción de una serie de VIPs, vive atrapada en una especie de complejo residencial-comercial-laboral. Y allí, en pasillos en los que se atropella la gente, suena música. Que es generada por ordenadores, de forma electrónica. La duda está en saber si Adlard usó este atrezzo para enfatizar la deshumanización del ecosistema de Tcity. Y si así lo hizo, la verdad es que de alguna manera dio en el clavo. Sí, la música electrónica (por decirlo de alguna manera) nos rodea por todas partes. Pero Adlard al menos nos habla de sinfonías creadas específicamente para deleite o entusiasmamiento de la población. Y más allá de los pasillos, en los locales de ocio nocturno, suenan también drones electrónicos, que en este caso sirven para sugerir ciertas fantasías en la clientela, mientras alguna señorita hace algún tipo de baile o similar a la vez que ella misma toca el órgano del que surgen esos tonos tan llamativos. Evidentemente, solamente la clase alta puede acudir a este tipo de espectáculos. O quizá realmente a Adlard le interesaban por aquellos tiempos, principios de los años 70 del siglo XX, las rápidas vicisitudes que estaban ocurriendo en el mundo de los sintetizadores.

Sobre el sexo. El protagonista de la trilogía, Jan Caspol,  se encapricha en principio con una chica que actúa en uno de los locales, Meriol. Tampoco es para tanto, aunque es el perfil masculino y obsesivo y empoderado. Esta es la parte más decepcionante. Ni fú ni fá. Cosas de aquella época que han sido superadas. 

 


 

La novela es un ir y venir constante del trabajo al local nocturno, del local a casa, y así todo el rato. Lo que surge como telón de fondo es el alcoholismo, porque básicamente en cada escena se sirven constantemente licores (en casa, oficina), cerveza por la noche, etc… Y además también, al más puro estilo Dick, está Dixon, una especie de Alexa de Amazon que es quien realmente piensa, decide de alguna manera, hasta el mismísimo licor que toca beber. 

¿El fondo de la historia? En la primera parte, el sistema funciona en base a una serie de estadísticas y lotes de producción a los que hay que someterse, aunque finalmente haya una serie de desajustes que lleven al desastre. En “Volteface” se intenta la ingeniería social, y de hecho, lo que se hace es enviar a la población a trabajar. Porque la ociosidad que permite la perfección de hojas de cálculo de producciones instantáneamente calculadas para mayor gloria del sistema termina por crear ansiedad, patologías mentales y una ola de peligrosa claustrofobia. Todos y todas encerradas en sus diminutos apartamentos mirando pantallas. ¿Nos suena de algo todo esto? Escrito en 1972. Aquí indudablemente el trabajo de Adlard es más que satisfactorio.

Hoy en día parece que lo que acabo de escribir no es más que una recriminación más, un conjunto de reflexiones que hasta compartimos con los críos de 7 años. Sabemos lo que ocurre, o al menos, nos lo describimos a nosotros mismos de vez en cuando.

Sin embargo, hace solamente cincuenta años era difícil imaginar siquiera cómo podría ser nuestra vida.

Gran aporte de Adlard.

Quizá lo más triste de todo sea que, entrando en contacto con esas patologías mentales ya descritas hace cincuenta años, ya sea de forma personal, o al menos observándolas en gente que tenemos muy cerca, familiares, amigos, conocidos, la conclusión que podemos sacar es que de alguna manera estamos atrapados. No hay vuelta atrás. No hay posibilidad de bajar a la calle y jugar a hacer cabañas, a tumbarnos en el césped y hacer un encuentro de jóvenes poetas. No. Suena todo extraño y agotador. Mejor guardar las apariencias y seguir observando las pantallas.

 


 

 

Verdad es que la última entrega de las tres, “Multiface” es la más floja, pero aun así sigue aportando cosas de interés. Se crean personajes ya bastante alejados de lo que es el colectivo educado a la medida de muy serias leyes de repetición. Surgen los proscritos, los diferentes, cada uno y cada una con sus obsesiones. Evidentemente el mensaje final es que la maquinaria perfectamente engrasada de consumo y producción no sabe nada de diferencias o de marginaciones varias.

 

Tomemos nota.

 

Al protagonista finalmente parece que la cosa le sale bien con una apasionante y atractiva ejecutiva llamada Sylvia. Pero los diferentes, abollados o no tan diligentes, obsesivos, románticos se diría… no creo que sigan muy contentos, allá en Tcity… Han pasado cincuenta años.

En resumen, trilogía de unas 600 páginas en total, que se lee con interés. A veces, sorprende, motiva, ilumina. Otras, aburre más que molesta, por darnos cuenta de dónde y de qué época proviene.

Aquellos felices años setenta.

martes, 30 de enero de 2024

Dragon's Egg (1980) - Robert L. Forward / Cosmo (1998) - Gregory Benford

 

Hoy toca revisar, aunque sea de manera sucinta, un par de novelas que tienen algunos puntos en común.

La primera, “Dragon’s Egg” de Robert L. Forward. 1980. Tiene su continuación, “Starquake” (1985), que tengo pendiente de leer.

Se puede considerar como la bilogía de los “cheelas”, la especie que surge en “Dragon’s Egg”.

La verdad sea dicha, “cheela” suena fatal; ¿algún tipo de bicho selvático? Podría haberse denominado de otra manera. La leí hace ya un año y medio, y la rescato para escribir un poco sobre ella al haber terminado estos días "Cosmo", de Gregory Benford. 

 

 




La novela de Forward es muy potente, y entra de alguna manera dentro de la creación de mundos a partir de la nada, con la sola imaginación del autor. Algo hay en ella de “Helliconia” (Aldiss) o de “The crucible of time” (El crisol del tiempo) de Brunner. Aunque de hecho, es ligeramente anterior.

 

Sin embargo, en este caso, como el de Gregory Benford (con quien voy después), Robert L. Forward es físico. Con lo que dejamos de lado la “sociología” de Aldiss o Brunner, y entramos a saco en conceptos científicos.

 

Creo que la gran virtud de “Dragon’s Egg” es que logra mantener la atención del lector en todo momento. Al principio, desde luego, con una serie de explicaciones sobre la propia creación del mundo. Como si dispusiéramos de un “zoom”, nos vamos acercando a los hechos en riguroso directo. Forward crea un nuevo universo, un micro-universo totalmente alien, y nos describe con pelos y señales su desarrollo. Y no olvidemos que estamos en 1980.

 

18 años más tarde, Gregory Benford lo intenta de nuevo. A partir de un experimento en un acelerador de partículas… se crea un nuevo mini-universo. La ortodoxia en este caso manda, y Benford no nos dice nada sobre lo que hay en ese pequeño y nuevo cosmos. Solo lo que con la teoría científica más avanzada pueden confirmar o no sus físicos protagonistas. Lo que nos deja con muchísimas ganas de saber algo más, y además, y esto es lo peor de la novela, Benford piensa que nos puede entretener con la vida privada de esos físicos protagonistas… cosa que no consigue en ningún momento. 

 


 

En resumen, donde Forward inyecta fantasía (se inventa un montón de cosas, pero con una base científica cierta y además muy bien detallada), Benford se queda a medias. Porque suficiente fantasía es la propia creación de un nuevo Cosmos en un laboratorio, pero a partir de aquí, como digo, se pone en plan ortodoxo y burócrata, con lo que la novela pierde mucho interés, y el lector tiene ganas de llegar al final, a ver qué pasa con el objeto creado, y poco más. Una pena.

 

Forward nada más comenzar la novela le da una buena pista al lector. En una especie de masa pétrea, los restos de una estrella de neutrones, que viaja a muchísima velocidad, se dan continuas variaciones y combinaciones de fusiones nucleares. De repente, se da una combinación que cumple dos condiciones para que la vida como la conocemos comience a desarrollarse. Una: la recombinación de átomos es estable, ya no va a cambiar más. Dos: estos átomos a su vez pueden reproducirse.

 

Aquí la explicación, en original.

 

Se supone que fue gracias a esto que nuestro propio mundo comenzó a crearse, en reacciones en cadena que se podían contar por billones o trillones de veces.

 

A partir de aquí, y de una forma muy emocionante, vamos conociendo cómo toda una civilización nace en esa estrella. Y por otro, cómo alguien en la Tierra da con esos restos porque llaman la atención por algo.

 

En la novela de Benford, que por cierto, hoy es su cumpleaños, ¡felicidades!, el comienzo es muy parecido. Tenemos en un laboratorio un nuevo mundo por descubrir, o al menos, los científicos se dan cuenta de que lo que tienen ante sus ojos es algo inaudito… pero como ya he apuntado más arriba, la novela va transcurriendo a partir de cierto punto con un punto de vista realista y ortodoxo. Al lector se le somete a las presunciones de los físicos. El mérito está en que Benford mantiene con coherencia hasta el final su postura. Una apuesta muy fuerte que le cuesta ritmo, dinamismo, y le hace caer en estrategias argumentales que parecen sacadas de un folletín o de una muy mala película de acción (con secuestro de la protagonista incluido, -soso y sin ninguna emoción-).

 

En resumen, dos trabajos que tratan de explorar la idea de la creación de un mundo, desde el momento cero. Mucho más recomendable la obra de Robert L. Forward (número 5 de la colección Nova, “El huevo del dragón”, editada en 1988, hace ya 35 años y sin noticias de ninguna reedición) que la de Gregory Benford (escritor que sale mejor parado en cuanto a ediciones). No olvidemos que “Cosmo” se escribió en 1998, es decir, 18 años más tarde que “Dragon’s Egg”.

 

Lo dejo aquí. Un par de novelas para aficionados a la ciencia ficción “dura”, norteamericana, con explicaciones físicas bastante asimilables. 

 

Dos detalles finales de "Dragon's Egg". Pone fechas. Algunas muy interesantes, para ser concebidas en 1980... (por cierto, una de las cosas más chulas es tratar de entender la diferente percepción del tiempo de los humanos y de los cheelas...). 

 

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