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viernes, 2 de agosto de 2019
Dhalgren Uno - Delany Tries It
¿Cómo comenzar esta entrada y tratar de envolver (¿en papel de horno?) en unas palabras lo que ocurre en la ciudad de Bellona y a sus escasos habitantes?
La versión original que estoy leyendo, en inglés, alcanza las 800 páginas, y acabo de superar la mitad de ellas.
En castellano, en 1988, "Dhalgren" se editó en 3 volúmenes. Colección de Grandes Éxitos de Ciencia Ficción de Ultramar. Traducidos por, quién si no, Domingo Santos. Los 3 volúmenes se titulan:
I. Prisma, espejo, lentes / II. En tiempo de plaga / III. Palimpsesto.
Que yo sepa, no se ha vuelto a reeditar...
Antes de nada, una pequeña presentación de su autor. Samuel R. Delany. Nació el 1 de Abril de 1942, y sigue, afortunadamente, vivo. Lo que quiere decir que es una de las leyendas todavía presentes en este mundo de la moderna ciencia ficción.
Tres características que le convierten en un artista especial. Negro. Homosexual (o al menos bisexual). Escritor de Ciencia Ficción. Nacido en una familia bien de Nueva York.
¡Con veinte años!, ya publica su primera novela, y unas cuantes más, siempre de ciencia ficción.
Con 24 y 25 años (1966 y 1967) gana dos años seguidos un Premio Nébula (a la mejor novela de sf publicada en EEUU): "Babel 17" y "The Einstein Intersection", respectivamente. En 1968 le nominan al Hugo (un premio digamos más universal) por "Nova", y prácticamente no escribe otra cosa que "Dhalgren" hasta 1974. Estas circunstancias nos indican que un escritor tan joven (32 años en 1974) y con esta progresión tan relevante en tan poco tiempo no puede dejar de lograr una gran obra a la que dedicó tantos años (1968-74).
Me parecen terriblemente atractivos las tochos que antes de leerlos me dan buenas sensaciones. Es decir, no me atraen los libros tochos porque son tochos, si no que, una vez pasado el tamiz personal, una vez leídas y releídas ciertas críticas y opiniones sobre una obra, si ésta me atrae, si me guiña el ojo (y no me dejo guiñar tan fácilmente, os lo puedo asegurar), y si además es una obra voluminosa, ¿qué más se puede pedir?
Tiempo. Sí. Está muy bien lucir "Dhalgren" en la balda, pero como no tengas tiempo para leerlo, apaga y vámanos.
Un par de consejos antes. Para alguien que se lo quiera pensar. Primero, un preliminar. Veo que a día de hoy, cuesta la friolera de 85 euros la "trilogía" traducida de Domingo Santos enviada desde Argentina. No tiene sentido hacerse con una de las partes sueltas, a no ser que se visite con frecuencia librerías de viejo un poco decentes. Desde Inglaterra, la cosa puede salir por unos 12 euros, en un solo volumen completo.
Primer consejo. La novela se puede considerar claramente como una bildungsroman, es decir, una novela de aprendizaje, al estilo de "Tom Jones" (Henry Fielding), "Wilhelm Meister" (Goethe), "Enrique el Verde" (Keller), "El veranillo de San Martín" (Stifter) o "Grandes Esperanzas" (Dickens). Novelas todas ellas fundamentales para mí, leídas, eso sí, hace muchos años. Y sí, nombrar a todos estos escritores tan importantes es de recibo, viene a cuento. Porque Delany nos cuenta el aprendizaje de su principal protagonista (que al menos en la primera mitad no puede recordar su propio nombre), Kidd, el chaval, como es conocido en la ciudad de Bellona, como si fuera el mismísimo Pip de Dickens. Y Delany está a la altura de aquellos escritores.
Lo que ocurre es que los tiempos han cambiado. Y por otro lado, Delany no hace más que intentar enseñar y explicar el mundo que le rodea a su personaje aprendiz, y de paso, al lector. Una novela clásica, en este sentido. La única diferencia es que es un mundo trastocado a su vez. No especificamente uno futuro. Es uno presente. Surgen multitud de espacios en común. El primero, el sexo. A finales de los sesenta y primeros de los setenta del siglo pasado, escribir sobre sexo era algo casi obligatorio. El segundo, la sociedad capitalista. Los centros comerciales y demás comercios visitados en Bellona (abandonados) como paradigma de las nuevas necesidades creadas tras las Guerras Mundiales. Añadidas las drogas, el alcohol. La amistad es tremendamente importante también. La propia literatura. La poesía.
Y algo muy importante. A la chavalería de Goethe, Dickens, Stifter, Keller, etc... se le supone racional y mentalmente estable. Kidd no lo es. Es un tipo que sufre de amnesia. Y pasó de más joven por un hospital psiquiátrico (como el mismo Delany). Kidd bebía. Oía voces. Y bebe, y se droga, y a veces duda de su propia condición mental.
Esto no quiere decir que la historia se condicione por el estado mental de Kidd. No es un caso único. Lo que hay que entender es que es lo bastante frecuente, o al menos, algo que entra dentro de la lógica de los tiempos en los que se escribe la historia. Después resulta que el personaje más cuerdo, más racional, más entero de la novela es el propio Kidd (¿a excepción de su novia Lanya?), como no puede ser de otra manera.
Por lo tanto, se puede decir que "Dhalgren" es una novela que vendría muy bien leerla como un clásico, a eso de los 18-20 años de edad, y si no es el caso, leerla más tarde como una novela que describe su tiempo como quizá ninguna otra. ¿Antes? Adelante. A veces, "Dhalgren" parece una YA novel, una novela juvenil. Está impreganda de adolescencia.
Segundo consejo. Leer antes "334" de Thomas M. Disch. Aquí, una reseña. ¿Por qué? Porque es una novela mucho más corta, de 1972, casi contemporánea, y tremendamente parecida. En el tono, más triste, más pesimista quizá. Se convierte en la hermana pequeña de "Dhalgren". George & June. Se tratan los mismo temas, y además comparte interés por la gente de raza negra, la homosexualidad y las presuntas minorías con problemas sociales y/o mentales. Leída en su época, supongo que surgirían en el lector estadounidense multitud de ecos provenientes de la realidad del momento. Pero esto es algo que no me interesa demasiado, el aspecto histórico de la novela. Porque estamos en 2019, y sobre todo, porque no soy de allí.
Bellona, la ciudad en la que transcurre "Dhalgren" está mucho más desarrollada, evidentemente, que los planos abiertos que nos ofrece Disch en "334" de su Nueva York. Hay páginas y páginas en las que apenas se cuentan más que vivencias muy concretas de Kidd. Por ejemplo, en un apartamento medio abandonado, intentando ayudar a una familia a trasladarse de piso. Son páginas bellas, tristes, humanas.
Es como si fuera un diario de las aventuras del chico. Sus devaneos sexuales (y algo más que devaneos según transcurre el tiempo) con hombres. Su relación son su novia Lanya. Es como si fuera construyendo grupos de amigos y conocidos según va asimilando la ciudad.
Aparte, sus manías. La de andar siempre descalzo con un pie. Pasarse la lengua por los dientes (algo que hacen muchos de los personajes). El intrigante cuaderno de notas que encuentra por ahí y que no soltará hasta que se lo cede, temporalmente, al poeta que está de visita en la ciudad, el australiano Newboy. Su obsesión con la observación. Siempre observa. Piensa. Le da vueltas a las cosas. Medita. Se pregunta a sí mismo qué es lo que ocurre en Bellona. Tiene una conversación fundamental con Tak (uno de sus amigos) en la que Delany se introduce él mismo en la novela, poniendo en boca de Tak la idea de que todo eso que ocurre no puede ser otra cosa que ciencia ficción (ver foto):
Podemos comprobar que las naves espaciales, las pistolas de rayos, los viajes a la velocidad de la luz no le interesan demasiado a Delany. "Bet you don't read the new, good stuff."
Y es que Delany añade a la historia todo un conjunto de pistas, medio pistas y pequeñas señales aclaratorias, por decir algo, que no son si no mensajes más metaliterarios que otra cosa. ¿Nos intenta aclarar algo?(*)
Kidd llega a una ciudad, llamada Bellona, en auto-stop, habiendo sido recogido por una camión que transporta... alcachofas. Artichokes. Palabra que de vez en cuando se repite a lo largo de la novela. Se supone que ha llegado porque quiere hacer algo allí. Luego, no lo recuerda. Una ciudad que constantemente está rodeada de humo y oscuridad, de extraños fuegos que aparecen y desaparecen. Nunca se ve el cielo azul. Y hay como tormentas. Y una noche, en la que el grupo sale del bar, aparecen dos lunas en el cielo. Y aparentemente el resto del país sigue siendo como siempre. Una ciudad hongo abandonada en la que apenas quedan mil habitantes. ¿Qué hacen allí? No se sabe.
El estilismo de Delany es impecable, y hace notar al lector que cada coma es importante, como en el poema que escribe Kidd. Están sus metáforas, sus simbolismos, sus propias manías como escritor. (*)
Y después de todo esto, aún hay más. Flota sobre toda la novela (sobre la primera parte, al menos) la idea de que el espacio-tiempo discurre de manera distinta. Al menos, por momentos, éste se altera. Un día la sombra surge por el Este. Otro, por el Oeste. O al menos Tak así lo recuerda. No hay que olvidar el hecho de que Delany fuera muy disléxico; la principal razón seguramente de que a veces la percepción del lector sea la misma que la que pueda sentir por momentos una persona con esta afección.
Las drogas y las propias visiones de los personajes también pueden alterar su conciencia. Es decir, a veces parece que es algo seguro que un fenómeno general y extraño afecta a la ciudad. Otras, se diría que es el personaje el que tiene ciertas percepciones de la realidad. Si a esto le añadimos la amnesia, la poco conocida dismetría, la neurosis y el miedo a tener que vivir en un lugar apocalíptico, Delany poco a poco va construyendo un auténtico mundo paralelo en Bellona.
Y por momentos, y aquí lo que sugiere Delany es extraordinario, se intenta describir cómo la propia Bellona influye en sus habitantes:
Es la misma ciudad la que anima a desactivar, o al menos, minimizar la imaginación de su población. Y ningún individuo parece que vaya a triunfar socialmente con un botín conseguido para sí mismo en cualquier tienda de la ciudad, si no acaso, aumentar su soledad.
Sería una locura intentar encontrar una razón de ser a todo lo que ocurre en la historia, y creo que es mejor quedarse con la idea de que cada vez que hay que agarrar el tocho (y sucede muchas veces, pues no es una novela que permita leerse por mucho tiempo por su cierta dificultad y saltos narrativos), nos vamos a introducir en el mundo de Kidd (Kid a partir de cierto momento), y esperar a que podamos enterarnos mejor de qué es lo que realmente ocurre allí.
(*) Estos temas y alguno más se desarrollan en Dhalgren Dos, siguiente entrada en este blog.
jueves, 25 de julio de 2019
La Luna Que Quiso Ser Astuta (a.k.a. Rogue Moon)
Estamos de Aniversario (50th) a lo largo de este mes. Creo que ya casi nadie lo duda: el hombre llegó a la Luna.
Y exceptuando el excepcional relato "The Sentinel" de C. Clarke (1951) -gérmen de la Odisea Espacial por excelencia-, la novela que me ocupa hoy, Rogue Moon, de Algis Budrys, es uno de los más tempranos papeles protagonistas que interpretó la Luna en la moderna ciencia ficción.
1960.
Antes del comienzo del programa Apolo de Kennedy.
Novela que en España se tradujo como "El Laberinto de la Luna"... ¿? ¿? ¿? Desilusionante título.
No voy a pedir que se tradujera como "Luna Cabrona", título nada comercial, pero me parecería el más preciso, dando al insulto cierta informalidad y ambivalencia que usamos muchos de nosotros en el día a día de la lengua castellana. "Luna Sinvergüenza" quizá. "Astuta Luna" no hubiera quedado tan mal.
Algo pasa allí. Y realmente, en esta novela bastante corta, lo que ocurre en la Luna es casi lo de menos.
El estilo y referencias de Budrys son de novela negra, o mejor dicho, de cine negro. Los tres protagonistas de la novela, más un par de secundarios de lujo, bien hubieran podido ser Bogart, Lauren Bacall, Edward G. Robinson, más Sylvia Sydney y Ray Milland. La única que se salvaría sería la Sydney, en cuanto a su empatía con respecto hacia el resto del mundo. Los demás serían los verdaderos cabrones de la historia.
Pero no siempre las cosas salen tan bien.
Edward Hawks (G. Robinson) es el tipo duro, científico, con la sangre casi en el punto de congelación. Él solito, con la ayuda de una serie de fieles técnicos (fieles hasta que lo decide él), consigue construir una entramado de maquinaria (bastante verosimil dentro de lo que cabe) que hacen que un hombre viaje hasta la luna, a través de una copia exacta de su cuerpo y mente. La copia viaja. El original se queda en tierra, tumbado, recordando posteriormente lo que le ocurre a su amiga la copia.
Y las copias no consiguen sobrevivir. La Luna las liquida. No se sabe por qué. Una tras otra. El original, en la Tierra, se despierta, loco, demente, porque acaba de morir, y de hecho, sabía que iba a morir un segundo antes de morir. En estas condiciones, se convierte en alguien inservible para seguir trabajando en el proyecto de Hawks.
Debe viajar alguien que no tenga miedo a la muerte, no se vuelva loco por la tensión previa al morir, esto es, esté dispuesto a morir las veces que sean necesarias, para poder permanecer más tiempo. Y ayudar a que el Programa Lunar siga existiendo. Se trata de aguantar el máximo tiempo allí, para poder investigar qué ocurre y contarlo a la vuelta de la muerte.
Es una situación parecida a la que visualizo en una escena de "2001: Odisea en el espacio", en la que los astronautas visitan Tycho, y empiezan a posar como turistas delante del TMA-1, y éste suelta un pitido tal que parece que les va a saltar la tapa de los sesos. [...18 meses más tarde David Bowman visualiza en un monitor aquel mensaje tan desconcertante tras desconectar a HAL; que aquel pitido era una señal de radio dirigida a Jupiter...].
Surgen los personajes de Al Barker (Bogart) y Claire Pack (Bacall). Un tipo chulesco hasta más no poder. Su chica, de esas rubias que flirtean con todos para en realidad demostrar al resto de hombres lo mucho que admira a su chico. Al Barker se presta al experimento porque lo primero que piensa es que no será para tanto. Y cuando se da cuenta de que es algo realmente especial, su relación con Hawks y Claire ciertamente se tambalea. Aparece Elizabeth Cummings, el rollito romántico que se busca Hawks, quien impertubable ante el disparatado gasto del proyecto y el número de víctimas que provoca, se permite filosofar sobre el amor y la muerte...
Queda como mínimo Vincent Connington (Milland), el borrachuzo jefe de RRHH que se encarga de localizar a Barker, flirtear con Pack, para finalmente lavarse las manos.
Entre capítulos que a veces se hacen más pseudo-surrealistas que pesados (describiendo la vida cotidiana de estos personajes), y partes dedicadas al avance temporal que consigue poco a poco Barker en la Luna, yo leo entre líneas ideas como la fidelidad a la empresa, al trabajo duro, al de conseguir lo que sea y como sea si se trata de un objetivo que ha superado el tamiz de toda esa ideología tan conservadora que trata del sueño americano, el tú puedes, yo más, etc... aunque te vayas cargando todo lo que tengas por delante.
Lo curioso no es tanto que se describan una serie de tensiones laborales (básicas en esta novela), es que se justifiquen por parte de su autor. Es decir, ¿Hawks debiera parecer al lector una especie de héroe?
Se habla tanto de la muerte en esta novela... y sin embargo, hoy en día están superados, en mi opinión, sus pequeños discursos sobre el significado de la vida y la muerte... En el cine negro, esto sobra, y en "Rogue Moon" también.Bogart no lo haría, y G. Robinson tampoco.
Aunque es una buena lectura, qué duda cabe, teniendo en cuenta sobre todo su año de origen. De la Luna... poco más que decir, si es que se ha dicho algo... Podría haber sido la planta 30 del rascacielos de enfrente...
Me consta que Algis Budrys no se llevaba nada bien con Thomas M. Disch. O al revés. Lo mismo me da el orden. ¡Con Disch no se mete nadie!
La cosa es que los dos murieron casi a la par. El 9 de Junio del año 2008, Budrys. El 4 de Julio, Disch.
Dejo aquí un link bastante divertido a una noticia. Al parecer Disch poco antes de morir Budrys ya le dió por muerto...
Y aquí una entrevista con Disch, donde lo dice.
Y exceptuando el excepcional relato "The Sentinel" de C. Clarke (1951) -gérmen de la Odisea Espacial por excelencia-, la novela que me ocupa hoy, Rogue Moon, de Algis Budrys, es uno de los más tempranos papeles protagonistas que interpretó la Luna en la moderna ciencia ficción.
1960.
Antes del comienzo del programa Apolo de Kennedy.
Novela que en España se tradujo como "El Laberinto de la Luna"... ¿? ¿? ¿? Desilusionante título.
No voy a pedir que se tradujera como "Luna Cabrona", título nada comercial, pero me parecería el más preciso, dando al insulto cierta informalidad y ambivalencia que usamos muchos de nosotros en el día a día de la lengua castellana. "Luna Sinvergüenza" quizá. "Astuta Luna" no hubiera quedado tan mal.
Algo pasa allí. Y realmente, en esta novela bastante corta, lo que ocurre en la Luna es casi lo de menos.
El estilo y referencias de Budrys son de novela negra, o mejor dicho, de cine negro. Los tres protagonistas de la novela, más un par de secundarios de lujo, bien hubieran podido ser Bogart, Lauren Bacall, Edward G. Robinson, más Sylvia Sydney y Ray Milland. La única que se salvaría sería la Sydney, en cuanto a su empatía con respecto hacia el resto del mundo. Los demás serían los verdaderos cabrones de la historia.
Pero no siempre las cosas salen tan bien.
Edward Hawks (G. Robinson) es el tipo duro, científico, con la sangre casi en el punto de congelación. Él solito, con la ayuda de una serie de fieles técnicos (fieles hasta que lo decide él), consigue construir una entramado de maquinaria (bastante verosimil dentro de lo que cabe) que hacen que un hombre viaje hasta la luna, a través de una copia exacta de su cuerpo y mente. La copia viaja. El original se queda en tierra, tumbado, recordando posteriormente lo que le ocurre a su amiga la copia.
Y las copias no consiguen sobrevivir. La Luna las liquida. No se sabe por qué. Una tras otra. El original, en la Tierra, se despierta, loco, demente, porque acaba de morir, y de hecho, sabía que iba a morir un segundo antes de morir. En estas condiciones, se convierte en alguien inservible para seguir trabajando en el proyecto de Hawks.
Debe viajar alguien que no tenga miedo a la muerte, no se vuelva loco por la tensión previa al morir, esto es, esté dispuesto a morir las veces que sean necesarias, para poder permanecer más tiempo. Y ayudar a que el Programa Lunar siga existiendo. Se trata de aguantar el máximo tiempo allí, para poder investigar qué ocurre y contarlo a la vuelta de la muerte.
Es una situación parecida a la que visualizo en una escena de "2001: Odisea en el espacio", en la que los astronautas visitan Tycho, y empiezan a posar como turistas delante del TMA-1, y éste suelta un pitido tal que parece que les va a saltar la tapa de los sesos. [...18 meses más tarde David Bowman visualiza en un monitor aquel mensaje tan desconcertante tras desconectar a HAL; que aquel pitido era una señal de radio dirigida a Jupiter...].
Todavía faltaban 8 años para que Kubrick rodara esta escena.
Surgen los personajes de Al Barker (Bogart) y Claire Pack (Bacall). Un tipo chulesco hasta más no poder. Su chica, de esas rubias que flirtean con todos para en realidad demostrar al resto de hombres lo mucho que admira a su chico. Al Barker se presta al experimento porque lo primero que piensa es que no será para tanto. Y cuando se da cuenta de que es algo realmente especial, su relación con Hawks y Claire ciertamente se tambalea. Aparece Elizabeth Cummings, el rollito romántico que se busca Hawks, quien impertubable ante el disparatado gasto del proyecto y el número de víctimas que provoca, se permite filosofar sobre el amor y la muerte...
Queda como mínimo Vincent Connington (Milland), el borrachuzo jefe de RRHH que se encarga de localizar a Barker, flirtear con Pack, para finalmente lavarse las manos.
Entre capítulos que a veces se hacen más pseudo-surrealistas que pesados (describiendo la vida cotidiana de estos personajes), y partes dedicadas al avance temporal que consigue poco a poco Barker en la Luna, yo leo entre líneas ideas como la fidelidad a la empresa, al trabajo duro, al de conseguir lo que sea y como sea si se trata de un objetivo que ha superado el tamiz de toda esa ideología tan conservadora que trata del sueño americano, el tú puedes, yo más, etc... aunque te vayas cargando todo lo que tengas por delante.
Lo curioso no es tanto que se describan una serie de tensiones laborales (básicas en esta novela), es que se justifiquen por parte de su autor. Es decir, ¿Hawks debiera parecer al lector una especie de héroe?
Se habla tanto de la muerte en esta novela... y sin embargo, hoy en día están superados, en mi opinión, sus pequeños discursos sobre el significado de la vida y la muerte... En el cine negro, esto sobra, y en "Rogue Moon" también.Bogart no lo haría, y G. Robinson tampoco.
Aunque es una buena lectura, qué duda cabe, teniendo en cuenta sobre todo su año de origen. De la Luna... poco más que decir, si es que se ha dicho algo... Podría haber sido la planta 30 del rascacielos de enfrente...
***
La cosa es que los dos murieron casi a la par. El 9 de Junio del año 2008, Budrys. El 4 de Julio, Disch.
Dejo aquí un link bastante divertido a una noticia. Al parecer Disch poco antes de morir Budrys ya le dió por muerto...
Y aquí una entrevista con Disch, donde lo dice.
jueves, 17 de mayo de 2018
334 (1972) by Thomas M. Disch
Thomas M. Disch es a Truman Capote lo que un excelente actor secundario a una estrella de cine.
Quizás por su carácter, o quizás porque nunca fue a la fiesta apropiada, Disch tuvo que acudir a la mistificación que suponía escribir historias de ciencia ficción en los años 60, para poder escribir lo que él quería escribir. Lo que le suponía un considerable añadido de libertades; y a la vez, de encorsetamientos.
"334" (1972) nunca será una novela de masas, al estilo de "1984" (1948) o "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?" (1968), por más que sea un complemento necesario de las dos. Una especie de tercer vértice que nos hace pensar en lo que Orwell y Dick se dejan por el camino. No solamente el Estado propone y dispone, y el héroe blanco de toda la vida está cansado de luchar, aspirando solamente a un poco de paz doméstica. También hay gente de otras razas, negros e hispanos en el caso de "334", también hay homosexuales y lesbianas, también hay niños superdotados completamente inadaptados. Ancianos y ancianas que no saben qué hacer con sus vidas. Niños y niñas que desean hacer algo con sus vidas. Discapacitados. Drogadictos por doquier (el drogadicto es quizás el tipo de personaje que mejor aguanta el juicio del público general... ¿?¿?). Y sexo. Bastante (no mucho) sexo, y masturbación. Algo que parece que no es un problema en la gran y genial, blanca y moderna, distopía. Solamente los degenerados de un barrio-hongo neoyorkino lleno de inmigrantes parece que son los suficientemente animales como para pensar en el sexo, como si no tuvieran suficientes problemas ya.
Se sugiere en varios párrafos: lo único a lo que pueden recurrir algunos personajes de la novela (sobre todo los niños) es la a biblioteca pública. Allí comprobarán si lo que piensan es cierto (aunque no lo llegamos a saber).
Los mayores lo tienen más claro: acuden al centro comercial. Cuando no tienen un céntimo, al centro comercial-museo, donde se maravillan de las cosas que algunos pueden o han podido llegar a comprar. Cuando hay algo de dinero en el bolsillo, al de verdad, donde se lo funden todo a las primeras de cambio. ¿Comida? Lo que caiga.
334 es el número de la calle donde se encuentra la inmensa torre de apartamentos donde viven parte de los protagonistas. El ascensor no funciona. Salir a la calle es una aventura. Mientras, los que viven, no aparecen por casa. Van dan tumbos por aquí y por allá, haciendo chapuzas, o cometiendo delitos (que tampoco son demasiado investigados que se diga).
Disch consigue construir una serie de relaciones muy fuertes con unos pocos personajes de una misma familia, sobre todo en el último tercio de la novela. Al final, el lector casi se siente perteneciente a ella. Pero de una familia lejana con la que está bien cenar y charlar un poco una vez cada diez años, para luego salir huyendo por las escaleras, como hace el estudiante Len Rude.
Bueno, en realidad 334 no es una novela. Es un conjunto o "fix-up" de varios relatos, siendo el último el más largo y que le da más cohesión a la historia. Pero esto es lo de menos.
Tiene una carga eléctrica esta novela como pocas veces he leído. Y es una carga negativa. Recomiendo su lectura, pero hay que elegir un fin de semana tranquilo, e intentar leerla del tirón, sobre todo cuando llegamos al capítulo "334". Mejor así.
Disch consigue vendernos una novela realista (Zolista) como una de ciencia ficción, pero es que seguramente le obligaron a ello las circunstacias que fueran. En esto, se parece mucho a Philip K. Dick. Ambos tenían una preocupación principal por describir su sociedad y la que auguraban. Por ejemplo, en "The Man Who Japed" (1956), de Dick, el principal temor del ciudadano medio es perder el derecho a poder seguir alquilando su vivienda, y no ser expatriado a un planeta exterior.
Y no han cambiado mucho las cosas. "334" se sitúa entre los años 2021 y 2025. ¡¡No quedan ni tres para acercarnos al 21!! Y sí, muchas cosas son como las que describe Disch. No como realidades individuales, si no más bien como amenazas colectivas, como certeras posibilidades, como absolutas certezas.
Disch, aparte de escribir bien, muy bien, siente más que piensa, y se nota. La pesada carga melancólica de los habitantes de "334" imaginada en 1972 es poesía maldita en el siglo XXI. Para quien se atreva con ella.
Quizás por su carácter, o quizás porque nunca fue a la fiesta apropiada, Disch tuvo que acudir a la mistificación que suponía escribir historias de ciencia ficción en los años 60, para poder escribir lo que él quería escribir. Lo que le suponía un considerable añadido de libertades; y a la vez, de encorsetamientos.
"334" (1972) nunca será una novela de masas, al estilo de "1984" (1948) o "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?" (1968), por más que sea un complemento necesario de las dos. Una especie de tercer vértice que nos hace pensar en lo que Orwell y Dick se dejan por el camino. No solamente el Estado propone y dispone, y el héroe blanco de toda la vida está cansado de luchar, aspirando solamente a un poco de paz doméstica. También hay gente de otras razas, negros e hispanos en el caso de "334", también hay homosexuales y lesbianas, también hay niños superdotados completamente inadaptados. Ancianos y ancianas que no saben qué hacer con sus vidas. Niños y niñas que desean hacer algo con sus vidas. Discapacitados. Drogadictos por doquier (el drogadicto es quizás el tipo de personaje que mejor aguanta el juicio del público general... ¿?¿?). Y sexo. Bastante (no mucho) sexo, y masturbación. Algo que parece que no es un problema en la gran y genial, blanca y moderna, distopía. Solamente los degenerados de un barrio-hongo neoyorkino lleno de inmigrantes parece que son los suficientemente animales como para pensar en el sexo, como si no tuvieran suficientes problemas ya.
Se sugiere en varios párrafos: lo único a lo que pueden recurrir algunos personajes de la novela (sobre todo los niños) es la a biblioteca pública. Allí comprobarán si lo que piensan es cierto (aunque no lo llegamos a saber).
Los mayores lo tienen más claro: acuden al centro comercial. Cuando no tienen un céntimo, al centro comercial-museo, donde se maravillan de las cosas que algunos pueden o han podido llegar a comprar. Cuando hay algo de dinero en el bolsillo, al de verdad, donde se lo funden todo a las primeras de cambio. ¿Comida? Lo que caiga.
334 es el número de la calle donde se encuentra la inmensa torre de apartamentos donde viven parte de los protagonistas. El ascensor no funciona. Salir a la calle es una aventura. Mientras, los que viven, no aparecen por casa. Van dan tumbos por aquí y por allá, haciendo chapuzas, o cometiendo delitos (que tampoco son demasiado investigados que se diga).
Disch consigue construir una serie de relaciones muy fuertes con unos pocos personajes de una misma familia, sobre todo en el último tercio de la novela. Al final, el lector casi se siente perteneciente a ella. Pero de una familia lejana con la que está bien cenar y charlar un poco una vez cada diez años, para luego salir huyendo por las escaleras, como hace el estudiante Len Rude.
Bueno, en realidad 334 no es una novela. Es un conjunto o "fix-up" de varios relatos, siendo el último el más largo y que le da más cohesión a la historia. Pero esto es lo de menos.
Tiene una carga eléctrica esta novela como pocas veces he leído. Y es una carga negativa. Recomiendo su lectura, pero hay que elegir un fin de semana tranquilo, e intentar leerla del tirón, sobre todo cuando llegamos al capítulo "334". Mejor así.
Lo que piensa Lottie sobre el fin del mundo es el párrafo más acojonante que he leído en mucho tiempo.
Disch consigue vendernos una novela realista (Zolista) como una de ciencia ficción, pero es que seguramente le obligaron a ello las circunstacias que fueran. En esto, se parece mucho a Philip K. Dick. Ambos tenían una preocupación principal por describir su sociedad y la que auguraban. Por ejemplo, en "The Man Who Japed" (1956), de Dick, el principal temor del ciudadano medio es perder el derecho a poder seguir alquilando su vivienda, y no ser expatriado a un planeta exterior.
Y no han cambiado mucho las cosas. "334" se sitúa entre los años 2021 y 2025. ¡¡No quedan ni tres para acercarnos al 21!! Y sí, muchas cosas son como las que describe Disch. No como realidades individuales, si no más bien como amenazas colectivas, como certeras posibilidades, como absolutas certezas.
Disch, aparte de escribir bien, muy bien, siente más que piensa, y se nota. La pesada carga melancólica de los habitantes de "334" imaginada en 1972 es poesía maldita en el siglo XXI. Para quien se atreva con ella.
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