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viernes, 2 de febrero de 2024

Interface (1971), Volteface (1972), Multiface (1975) – Mark Adlard


La trilogía que Mark Adlard situó en Tcity, vasto y automatizado complejo industrial del siglo XXII.

In the very North of England.

Escrita por un oscuro escritor inglés llamado Mark Adlard, que a día de hoy, todavía vive. Nació en Junio de 1932. Se retiró en 1976… después de haber trabajado como directivo en la industria del acero.

Leí los tres libros seguidos allá por el verano del año 2022… y tenía pendiente de escribir al menos unas pocas letras sobre Tcity.

Publicados por Orbit Books, a 75 p. de aquellos tiempos cada volumen, en 1977, comparten la cubierta, dibujada como en tres partes. 

 



 

La obra hoy en día se lee con cierto interés, y transmite al lector una fragancia de “cosiness” británica que resulta muy agradable. Quizá se podría decir que es una especie de lectura a lo John Wyndham, pero tamizada (rebajada en calidad), y añadiéndole los ingredientes propios de su época, que mayormente eran sexo, drogas y rock & roll. 

De esto último, de rock, poco hay; afortunadamente. Uno de los motivos más llamativos, sobre todo en la primera parte, “Interface”, que luego se sigue usando también en los dos siguientes volúmenes, es la mención bastante constante a la música que suena en todo el entramado de Tcity.

Digamos que toda la población, absolutamente toda, a excepción de una serie de VIPs, vive atrapada en una especie de complejo residencial-comercial-laboral. Y allí, en pasillos en los que se atropella la gente, suena música. Que es generada por ordenadores, de forma electrónica. La duda está en saber si Adlard usó este atrezzo para enfatizar la deshumanización del ecosistema de Tcity. Y si así lo hizo, la verdad es que de alguna manera dio en el clavo. Sí, la música electrónica (por decirlo de alguna manera) nos rodea por todas partes. Pero Adlard al menos nos habla de sinfonías creadas específicamente para deleite o entusiasmamiento de la población. Y más allá de los pasillos, en los locales de ocio nocturno, suenan también drones electrónicos, que en este caso sirven para sugerir ciertas fantasías en la clientela, mientras alguna señorita hace algún tipo de baile o similar a la vez que ella misma toca el órgano del que surgen esos tonos tan llamativos. Evidentemente, solamente la clase alta puede acudir a este tipo de espectáculos. O quizá realmente a Adlard le interesaban por aquellos tiempos, principios de los años 70 del siglo XX, las rápidas vicisitudes que estaban ocurriendo en el mundo de los sintetizadores.

Sobre el sexo. El protagonista de la trilogía, Jan Caspol,  se encapricha en principio con una chica que actúa en uno de los locales, Meriol. Tampoco es para tanto, aunque es el perfil masculino y obsesivo y empoderado. Esta es la parte más decepcionante. Ni fú ni fá. Cosas de aquella época que han sido superadas. 

 


 

La novela es un ir y venir constante del trabajo al local nocturno, del local a casa, y así todo el rato. Lo que surge como telón de fondo es el alcoholismo, porque básicamente en cada escena se sirven constantemente licores (en casa, oficina), cerveza por la noche, etc… Y además también, al más puro estilo Dick, está Dixon, una especie de Alexa de Amazon que es quien realmente piensa, decide de alguna manera, hasta el mismísimo licor que toca beber. 

¿El fondo de la historia? En la primera parte, el sistema funciona en base a una serie de estadísticas y lotes de producción a los que hay que someterse, aunque finalmente haya una serie de desajustes que lleven al desastre. En “Volteface” se intenta la ingeniería social, y de hecho, lo que se hace es enviar a la población a trabajar. Porque la ociosidad que permite la perfección de hojas de cálculo de producciones instantáneamente calculadas para mayor gloria del sistema termina por crear ansiedad, patologías mentales y una ola de peligrosa claustrofobia. Todos y todas encerradas en sus diminutos apartamentos mirando pantallas. ¿Nos suena de algo todo esto? Escrito en 1972. Aquí indudablemente el trabajo de Adlard es más que satisfactorio.

Hoy en día parece que lo que acabo de escribir no es más que una recriminación más, un conjunto de reflexiones que hasta compartimos con los críos de 7 años. Sabemos lo que ocurre, o al menos, nos lo describimos a nosotros mismos de vez en cuando.

Sin embargo, hace solamente cincuenta años era difícil imaginar siquiera cómo podría ser nuestra vida.

Gran aporte de Adlard.

Quizá lo más triste de todo sea que, entrando en contacto con esas patologías mentales ya descritas hace cincuenta años, ya sea de forma personal, o al menos observándolas en gente que tenemos muy cerca, familiares, amigos, conocidos, la conclusión que podemos sacar es que de alguna manera estamos atrapados. No hay vuelta atrás. No hay posibilidad de bajar a la calle y jugar a hacer cabañas, a tumbarnos en el césped y hacer un encuentro de jóvenes poetas. No. Suena todo extraño y agotador. Mejor guardar las apariencias y seguir observando las pantallas.

 


 

 

Verdad es que la última entrega de las tres, “Multiface” es la más floja, pero aun así sigue aportando cosas de interés. Se crean personajes ya bastante alejados de lo que es el colectivo educado a la medida de muy serias leyes de repetición. Surgen los proscritos, los diferentes, cada uno y cada una con sus obsesiones. Evidentemente el mensaje final es que la maquinaria perfectamente engrasada de consumo y producción no sabe nada de diferencias o de marginaciones varias.

 

Tomemos nota.

 

Al protagonista finalmente parece que la cosa le sale bien con una apasionante y atractiva ejecutiva llamada Sylvia. Pero los diferentes, abollados o no tan diligentes, obsesivos, románticos se diría… no creo que sigan muy contentos, allá en Tcity… Han pasado cincuenta años.

En resumen, trilogía de unas 600 páginas en total, que se lee con interés. A veces, sorprende, motiva, ilumina. Otras, aburre más que molesta, por darnos cuenta de dónde y de qué época proviene.

Aquellos felices años setenta.

jueves, 28 de julio de 2022

The Machine in Shaft Ten (1975) - M. John Harrison

Decía allá por Febrero que la próxima entrada iba a representar un cambio radical... Sí, tenía pensado leer la trilogía de Titus Groan y Gormenghast, de Mervyn Peake. No se dieron las condiciones finalmente; puede que en una buena temporada. Sin embargo he ido a caer con un escritor que admira mucho a Peake. Algo es algo.

M. [Michael] John Harrison (1945-).

Hace un par de días, cumplió 77 años.

Uno de esos chicos que afortunadamente fue al sitio adecuado en el momento adecuado. Londres, 1966, proveniente del interior de Inglaterra.

Más interesado por lo bizarro que por cualquier otra cosa, acabó por sentirse acogido en el mundo de la ciencia ficción, que él a su vez criticaba por no ser capaz de ofrecer lo que debía ofrecer.

La revista “New Worlds” y Michael Moorcock fueron los ejes principales de aquellos tiempos. Y el maestro Ballard flotaba sobre ellos como el nuevo Profeta.

Y antes de ser escritor fue más crítico literario, editor, guionista…

Lo que he leído yo es su primera antología de relatos, “The Machine in Shaft Ten and Other Stories”, una edición Panther de 1975, primera y ¿única? edición.

[Suerte que la compré como hace tres años, antes del Brexit, pues no es un libro que se haya vuelto a editar, y ahora conseguirlo puede costar “in poor condition” mínimamente treinta euros + tasas sorpresa en destino (léase impuestos aplicados a la importación de bienes de super-lujo como son gastadillos paperbacks de segunda mano, -de ciencia ficción para más inri-). Intolerable, Mr. Johnson and Co.].

 



 

¿Ciencia ficción en “The Machine in Shaft Ten and Other Stories”? No mucha. Son los primeros relatos de un escritor bastante heterogéneo, con lecturas propias también heterogéneas.

Es como un ramo de flores, y cada flor, de una especie. El listado es: "The Machine in Shaft Ten"; "The Lamia and Lord Cromis"; "The Bait Principle"; "Running Down"; "The Orgasm Band"; "Visions of Monad"; "Events Witnessed from a City"; "London Melancholy"; "Ring of Pain"; "The Causeway'; "The Bringer with the Window"; "Coming from Behind".

"The Machine in Shaft Ten". El relato que da nombre a la antología es verdaderamente ciencia ficción. Una catástrofe se desata. Existen una serie de mastodónticos ejes que recorren el interior de nuestro planeta. Y una raza que parece que los controla… Muy Quatermass, muy British, muy potente.

El segundo relato, “The Lamia and Lord Cromis”, junto con "Events Witnessed from a City" y “The Causeway” forman parte del mundo Viriconium, mucho más cerca de la fantasía, en los que un escenario post-industrial y arrasado es casi el verdadero protagonista. Ruinas que hay que saber describir. Y Harrison lo hace muy bien, con dos detalles a continuación de “The Lamia and Lord Cromis”. 

 



 

Hay una serie de relatos que se pueden calificar como inclasificables. "The Bait Principle"; "The Orgasm Band"; "Visions of Monad"; "Ring of Pain" y “The Bringer with the Window". Tendría que leer relatos posteriores de Harrison y comprobar su posterior estilo, pero éstos son bastante crípticos, y bastante influenciados por la época en la que fueron escritos, especialmente “The Orgasm Band” y “Visions of Monad”.

“London Melancholy” es una fantasía muy potente, que a cualquier adolescente le debería de atraer.

El libro se cierra con “Coming from Behind”, una narración enclavada en una fuerte distopía, y sus protagonistas tratan de sobrevivir como pueden en base a una serie de ideas fijas que quizás es mejor que varíen algo en algún momento, por el bien de su  propia superviviencia.

Y dejo para el final “Running Down”, el relato más largo de todos, el que quizás más se aleja de la fantasía y de la ciencia ficción, pues parece una narración totalmente realista, hasta que en su segunda parte nos vemos metidos en una aventura imposible, tremendamente bien resuelta. Un relato muy notable, que se rescató para una posterior antología de Harrison.

 

Vivimos una época en la que priman las trilogías, los tochos tranquilizadores, lecturas que nos permiten pensar lo justo para arrancar una novela, y después dejarnos llevar por tres o cuatro personajes durante los miles de páginas que sean. Son inercias peligrosas. El arte de leer relatos cortos se pierde, y yo mismo consciente de ello, me atreví con Harrison, saliendo de esta aventura más convencido todavía de que el lector también tiene que poner de su parte.

Literatura de calidad es lo que me he encontrado. 1975. Han pasado 47 años. ¿Será posible que este tipo de escritos se pudieran considerar ya como una especie de poesía medieval? ¿Un ejercicio devoto de lectura placentera con lo justo como para engañar al Mundo de que todavía somos capaces de huir de Él con dos o tres frases bien escritas?

Afortunadamente, hace muy poco se ha editado la siguiente antología, cortesía de unos argentinos que saben lo que se hacen. Traducción de los relatos contenidos en “Travel Arrangements” (2000), “Preparativos de Viaje” (2020) editados por Interzona. 

 


 

Sí, M. John Harrison es uno de esos escritores que toda persona cuya lengua materna sea el inglés debería de leer… porque lo iba a disfrutar… o no… en fin… porque también hay gente que huye de este perfil de escritor, que parece que no es capaz de respetar las estructuras clásicas. Y luego está el sexo, claro.