domingo, 21 de julio de 2019

Musical Time Slip

Casi dieciséis semanas después, me propongo hoy a escribir sobre música.

Por un lado, he empezado a leer hace poco la tesis que cito en la entrada anterior. "Teutonic Time Slip", o cierta historia de aquella Alemania influida por su propia música desde finales de los años sesenta hasta el estallido de los grandes festivales de música electrónica de principios del siglo XXI.

El autor, Sean Nye, es californiano, y sabiamente, lleva el tema a su terreno. Claro, allí estaban todos los alemanes (escritores, directores de cine, músicos, pensadores, etc...) que emigraron a California, y dejaron una clara impronta. Por ejemplo, Thomas Mann. O Arnold Schönberg.

Algo que influyó sin duda a Philip K. Dick y su pasión por la cultura alemana. Buen caldo de cultivo los primeros años cincuenta para lo que surgiría después desde su pluma.

En "Martian Time Slip" lo deja claro. El malo de la película (Arnie Kott), esa especie de Trump sesentero, abjura de la chirriante nueva música.

Los tonos oscuros, los diferentes espacios entre las notas, la despedida de la melodía, el triunfo del tribalismo como nuevo ritmo al que ajustarse mentalmente. Esa "Sinfonía del No-Mundo" [excelente novela del autor catalán A.G. Porta] donde cada pulsación de teclado adquiere la misma importancia, el dodecafonismo, esta vez mental. La conexión Schönberg (1923 Viena) - Stockhausen (Colonia 1955) - Can (Colonia 1965) - Wolfgang Voigt (Colonia 1995) - and beyond...

Alejándome un poco de la propuesta de Sean Nye, haciéndola más general, es intentar plasmar la idea de que con el advenimiento de la música electrónica, ya en fase más desarrollada, hablando por ejemplo de los dos primeros trabajos de Kraftwerk (1974-75), algo ha cambiado en nuestro cerebro.

Lo grandioso de la música electrónica alemana (y con las correspondientes excelencias surgidas en otros lugares) es que supo dotar a sus creaciones de una densidad y una fortaleza incomparables.

Sobre todo, por el tempo de la música, y por la duración de las piezas. Desde casi el principio (1967) se abandonó la idea del concepto de "ítem" de tres o cuatro minutos como mucho. Ya en su segundo disco (1971) Tangerine Dream explora sus límites con una composición de 22 minutos -Alphacentauri-. Aún más radical, Klaus Schulze, en Irrlicht (1972) nos hace, queramos o no, viajar con alguna de sus dos largas suites.

No se sabe hacia dónde, o quizás, sabiéndolo demasiado bien. Hacia nuestro subconsciente.

Quizás hacia esas mentes con tintes problemáticos, como la del autista Manfred Steiner, el niño protagonista de "Martian Time Slip". Para ayudarlas. Hay que recordar que Manfred sufre más que nada de una distorsión temporal. Intentan construir una habitación en la que se proyecta la vida a una velocidad mucho menor. Aflora en mí la idea de que una suite electrónica de 25 minutos, escuchada una serie de veces, facilmente se podría convertir según nuestra propia concepción espacio-temporal (y si no vivimos en una constante persecución contra nuestro propio tiempo) en algo similar a escuchar un single de 3 minutos de duración.

No parece descabellado pensar que Philip K. Dick prefiguró a principios de los 60 la música electrónica del futuro. Y en este caso, lo de "electrónica", no es más que una palabra que nos ayuda a pensar en un tipo de música que se ha compuesto por y para diferentes instrumentos electrónicos/grabaciones de campo/distorsiones/efectos de sonido, etc... Es decir, sonidos (naturales o no) que de alguna manera han sido monitorizados por un ser humano, sin ninguna intención pop.

Este concepto abarca tanto, es tan extenso, que es mejor quedarse con la idea global. Y sea como sea, son sonidos que nos afectan.

En principio, la música de Kraftwerk y Klaus Schulze no tienen mucho que ver. Sobre todo si nos quedamos con algún "single" de los primeros, y con algún tema etéreo del segundo. Pero ambos, y muchos más, incluyendo toda la escuela de Berlín, los planeadores, Can como estrella propia, radiante y exuberante, y toda la retahíla de grupos que grabaron sus trabajos sobre todo entre 1970 y 1975, contribuyeron a rellenar (cada uno con su trocito de algodón) nuestra moderna psicología. No solo musical, si no también espiritual, vital.

O por lo menos, es lo que me ocurre a mí. En "Martian Time Slip" se describe un mundo en el que un buen porcentaje de la población necesita de cuidados psiquiátricos. La tonalidad, la densidad, la significación de cierta música nos puede ayudar a superar las invisibles tenazas que nos aprietan las neuronas en nuestros días; unos más que otros. Y no hay que ser tan ingenuo como en aquella clínica en la que al James Stewart de "Vértigo" le ponían a escuchar a Mozart y todos tan contentos.

No digo que la música de Mozart no sea válida para la recuperación mental, pero sí pienso que es una idea desfasada con las posibilidades sónicas que tenemos hoy en día.

Tampoco hace falta hoy en día poner sobre el giradiscos un vinilo de Ash Ra Tempel, y escucharlo durante 25 minutos para que nos haga efecto su poder de curación. No.

Lo que recomiendo (y es por esto por lo que básicamente me he liado a escribir todo esto), es conseguir un editor de archivos musicales. Por ejemplo, Audacity.

Cortar y pegar. Cualquier single nos vale. ¡Cuántas veces una maravillosa introducción, pongamos que de treinta segundos, a un tema de cinco minutos, se ve echada a perder a medida de que se van añadiendo voces y más instrumentos! No hay que preocuparse. Se corta y se pega las veces que hagan falta; la introducción.

Son esas pequeñas pastillitas autofabricadas que nos ayudan a superar un mal día. A veces no hace falta más que repetir hasta el infinito una secuencia de cuatro o cinco segundos. ¿Quién dijo que el espíritu punk estaba acabado? Seamos nosotros mismos quienes construyamos, y rellenemos nuestras mentes con los acordes, los ritmos y los ambientes que nos apetezcan, huyendo del esquema cuatro-minutos-de-canción-intro-melodía-coro-bis-melodía-coro-bis-final que tanto daño nos hace en nuestra vida cotidiana.

Phil K. Dick lo intuyó. Los alemanes pusieron el cerebro a trabajar para que nosotros podamos descansar. La tecnología de hoy en día nos permite ser mucho más escogidos, y disfrutar de la música como si fuera un set de piezas de sushi. No hay excusas.

Ahora bien, es probable que desde hace unos diez o quince años, en mi opinión, hayan sido los compositores rusos, para nada los Occidentales, los que hayan dotado a sus trabajos de las texturas electrónicas más interesantes y curativas, huyendo de lo más obvio, para construir todo tipo de oscuras pero a la vez pacíficas secuencias de sonido, que no sólo pueden ayudar al sueño, si no a disfrutar de la vigilia de manera más plena y menos neurótica.
















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