Vuelvo a la tarea. He dejado la sacristía por unos meses, o años, ¡qué desastre!
Llevo ya cierto tiempo dedicado a tareas más digitales, -para más detalles, a un extenso trabajo de documentación personal que me lleva a leer un montón de revistas en una tablet-.
Por otro lado, tengo un contacto continuo con los libros en papel, y pasan muchos por mis manos, pero normalmente se me escurren entre los dedos.
Allá por Abril del 2024 un ejemplar de “Los Escorpiones” se me cruzó en mi camino. Ya venía con ciertas etiquetas en la prensa; con muy buenas críticas. ¿Pero acaso se llega a editar el libro que “no he conseguido terminarlo ni estando de Rodríguez” “es un puto coñazo” “la primera parte le salió bien, pero la quinta da vergüenza ajena”?
“Los Escorpiones” rezuma misterio y dolor. 800 páginas. Letra pequeña. Una sinopsis en la contraportada que no dice gran cosa, la verdad. Podría ser (haber sido) un tostón del montón. La cosa mejora si nos fijamos en que el autor es autora y parece joven e inocente, como aquella película de Hitchcock.
Sara Barquinero, la autora, se la ha ido metiendo doblada a unos cuantos elementos de la cadena de montaje editorial, y más felizmente todavía, a un buen puñado de lectoras y lectores.
Todavía estoy por conocer a alguien que me diga a la cara sobre “Los Escorpiones”. Que “es un libro fácil”, “no podía dormir”, “te la recomiendo”, “me la he leído del tirón”, “dame algo ameno”.
Más bien que “qué rara es”, “no entiendo nada”, “la dejé porque bla bla bla”… y señoras y señores, hoy en día se puede mentir por muchas razones, pero decir que te has leído (y te ha gustado) una novela de 800 páginas solo para que piensen que te has encerrado varios días en casa con ese tocho de papel… está completamente demodé. ¿Para qué molestarse?
Mi intención con este escrito es esquinar, marginar, llevar este trabajo a la oscuridad, o más bien, sacarlo de la luz que le rodea actualmente. Ya han pasado un par de años, de todas maneras, desde aquel cruce. Que, por cierto, tuve que dejar pasar; porque bien a gusto me encerraría en casa para leer una buena novela de 800 páginas, un par de semanas si hace falta, cus cus y cerveza, por favor, pero he tenido que esperar un par de años, y además, ha sido una encerrona parcial, y el final de la lectura ha sido, cuando menos, fragmentado. ¡Pero así es la vida!
Hacer un resumen del argumento sería un peñazo. Que si tal, que si cual. Pasan cosas. Aquí y allí. Antes y después. Como en todos los sitios. Lo que hace Ms. Barquinero es filtrar. Su labor, ingente y grandiosa, al más puro estilo victoriano, ha sido la de un lento proceso de decantamiento. Años de paciencia, de sedimentación.
¡Ah claro! Cualquier escritorzuelo dirá lo mismo. O cualquier artista. Cualquier uva espera paciente a ser recogida; pero a nadie le gusta el vino peleón, en principio.
Yo mismo tengo ciertas ínfulas de crítico literario. Ya llevo una página escrita, y todavía no he dicho nada realmente útil para quien va buscando consejos literarios.
Simplemente trato de decir: Sara ha urdido una novela-pócima, un líquido denso, oleoso y amargo y como dulce a la vez. Ha fabricado un nuevo instrumento musical que yo denominaría “Ondes Sare” (con ese toque francés que lo eleva todo); una especie de Theremin distorsionado, un baile de letras nocturno y vivaracho.
La música en “Los Escorpiones” es fundamental. Se podría decir que lo es todo. Me dan igual las amistades, los suicidios, los chats, las drogas, las fiestas, el alzamiento italiano, el innegable atractivo de Michaela. Podría matar por conseguir una de esas casetes para aprender italiano. O esos mp3 descargados de cierta página de Internet. La música también se puede expresar con palabras. Sara ha escrito pequeñas sinfonías invisibles, inexistentes. Y siguen resonando en mi cabeza. Una especie de música electrónica repetitiva, machacona, pero no de baile. Esto no es una rave; esto es un viaje introspectivo. No es rollo “Sirat”; es otra cosa. Como más electroacústico, siguiendo la tradición local de este país. Suena a disco rayado por momentos, y es aquí donde la gente seguramente se raya también. No puedes crear un personaje al borde del suicidio solo porque ha tenido una mala noche o le ha sentado de culo la copa (o la raya). Si quieres verosimilitud, la tienes que crear.
Aparte de la atmósfera musical que envuelve la novela, hay como otros dos halos que recorren la historia que por un lado me agradan y por otro me sorprenden. Uno es como de cierta necrofilia. Todo son historias de muerte, de tiempos pasados; de aspiraciones a un mundo mejor. Se añade un extrañamiento, sobre todo en esa fase rural de Thomas, -uno de los protagonistas-, que bien podría surgir de De la Mare, Blackwood, M.R. James, o del mismísimo Machen. Teniendo en cuenta que todos aquellos escritores británicos están muertos hace tiempo, y que de repente, viene Sara y nos deleita con un misterioso pasaje de ensoñaciones, exorcismos musicales, tipos rurales con tintes Arkhamnianos, las únicas esperanzas puestas en la chica que sirve cervezas… Podría seguir, pero mi resumen es el siguiente: Sara captura y digamos que hace suyo ese estilo de narración anglosajón. Esa receta que nunca jamás ha salido bien por estos lares. Esa mezcla de aventura, diario, confesión, descripción. Sin sacar conclusiones morales. No soy mucho de literatura castellana, pero dicen que Juan Benet era un buen escritor, y lo corroboro. Sara es un poco de la escuela Benetiana. Allá con las consecuencias, al menos es coherente. Y además está viva. Y no es anglosajona. Casus rarissimus.
Son 800 páginas. Habría mucha más tela que cortar todavía. Más tramas y subtramas. Hay muchísimas referencias culturales que están perfectamente incrustadas en la novela. Si se leyera ésta en el año 2050, se disfrutaría con esa sensación de déjà-vu; con esa clase de nostalgia que los británicos saben tan bien regurgitar una y otra vez. Estoy hojeando ahora el libro, unos veinte días después de terminarlo, y pienso que ha valido la pena. Mucho.
Mas debo separarme ya de esta lectura. Tengo por ahí un tema musical que se titula “Ondes Sare”, un pequeño homenaje. A fin de cuentas, yo soy Escorpio.
Me he tirado a la piscina con ciertas asociaciones de ideas. Algunas pueden estar totalmente alejadas de la realidad o propósito literario de esta obra. No importa. Se trata de dejar aquí una serie de impresiones.
Muchas gracias Sara. Voy a ser yo quien te recomiende una novela si es que no la has leído ya: “Dhalgren” de Samuel R. Delany. Una de las cúspides de la ciencia ficción setentera, con una estructura formal muy parecida a “Los Escorpiones”.


